
La vida era una mierda. Me encontraba en la tercermundista habitación de un hostal de una calle desolada, por la que pasaban continuamente perroflautas fumándose canutos o yonkis entonando alguna canción folklórica, de esas míticas, que cantaban esas señoras bien vestidas, y, además, lo hacían como el puto culo. No entendía el aprecio a esa música.
No me acordaba qué coño había hecho la noche anterior, pero iba ebrio, y, cuando lo iba, la situación espacio-temporal solía acompañarme como nunca se atrevía a hacer.
Escuché un puto sonido que me hizo despertarme. Abría los ojos lentamente mientras no dejaba de parpadear, y todo gracias a esa luz esclarecedora que no dejaba de dar la murga.
Allí estaba. Mi presa en estado de embriaguez. Se encontraba frente a aquel espejo polvoriento, por lo que yo podía verla de espaldas. Es más, debería sentirme afortunado de ver aquel pelo alisado. Debía sentirme afortunado de tener a la perfección más perfecta a escasos metros de mi recto en alza y mi mente intentando recordar el placer que tuve que pasar al haber tema seguro.
- Hola - dije en un tono pasivo, e inmediatamente pegué un bostezo similar al de un oso -.
Pasaron unos minutos, y me empezaba a impacientar, pero no podía resitirme a ver cómo se peinaba el oro más fino y delicado en la mísera faz del planeta Tierra.
Se dio la vuelta. La reconocí al vuelo. Adoraba esos ojos azules al más puro estilo de un mar cristalino, esos labios carnosos pidiendo afecto y esas tetas tan perfectamente redondas y colocadas.
- Otra vez.
Joder. La amaba, y, además, como nunca lo había hecho. Era mi puto sueño el levantarme y verla ahí, dedicándome su irrechazable e inolvidable sonrisa blanquecina.
Ella venía con la sonrisa de oreja a oreja que la caracterizaba. Quería más, y yo no me pensé dos veces en seguirle el rollo y sumergirnos en ese proceso en el que los dos somos uno, en el que nos importa una mierda todo, y disfrutamos del gozo mutuo.
De verdad, muchas gracias por existir. Ni tú sabes lo que estás haciendo, pero para amarte eres conojuda, y, para olvidar a otras, ni te cuento, porque no te llegan ni a la puta suela de los zapatos.
Te quiero.





